Móviles que se tiran a la vía del metro y otras reflexiones

Foto de Justin Main



El móvil. Ese aparato que se ha convertido en parte de nuestro cuerpo, siendo ya una modificación de nuestra mano. Ese objeto que nos acompaña a cualquier parte, baño incluido.

Esta mañana he salido de casa un poco justa de tiempo. Quería coger el metro a buena hora, así que he bajado apresuradamente las escaleras mecánicas, pidiendo permiso a la mujer que iba charlando con una amiga a su derecha, formando entre las dos una barrera infranqueable.

Quedaban apenas tres minutos para que mi metro se marchara, así que he corrido un poco. A pocos metros de la puerta del último vagón, oía que algo se caía. Al girarme, las de «la barrera infranqueable» exclamaban al unísono: «el mooooviiil», con voz de mucha pena, como si se acabara el mundo en ese momento. Y, en la zanja de metro setenta de profundidad en la que se encuentran las vías estaba MI móvil. Boca abajo. Con esa carcasa de flash tan chula que compré un día en Amazon. Tirado en la vía del metro, casi debajo del último vagón. No sabía ni qué palabra mal sonante exclamar.

Mientras andaban hacia la puerta del vagón y entraban, la mujer y su amiga me decían que llamase a los de mantenimiento. No sabía si moverme de allí, porque tal vez cuando volviera ya no habría ni rastro del aparato. Paralizada, debatía conmigo misma si saltar abajo o no porque, se supone que eso es peligroso y no se debe hacer… ¿no?

Daniel Roizer

Un chico se acerca. Mira abajo, me mira y dice «vamos a hacer una cosa, todavía quedan dos minutos para que salga el metro». Me da su móvil y su tarjeta del metro. Salta. Y yo padeciendo por él puesto que no tenía la culpa de que yo llevara el puñetero trasto en el bolsillo de la chaqueta sin cerrar. Vuelve a subir, y yo no sabía si abrazarlo o qué. Cojo mi móvil, con las manos algo temblorosas, y lo guardo en el bolso.

Entro en el puñetero tren y voy cruzando vagones, pasando por delante de, de nuevo, las de la barrera infranqueable, las cuales al verme preguntan: «¿¿¿lo has podido coger???». Sonrío, asiento y pienso «Sí claro. Estoy bien. Gracias. Zorras».

En el tiempo que ha durado, tanto el trayecto en metro como mi caminata al trabajo, he estado pensando. Lo primero que he deseado es que ese chico tenga el mejor puñetero día de su vida. Lo segundo que he hecho es preguntarme: ¿tan importante es ese aparato? La vida de cualquier persona vale más que ese trasto. He recordado todas las cosas que llevo en ese pequeño dispositivo, tanto personales como del trabajo. Hoy en día, pierdes el móvil y pierdes algo bastante importante, como toda imagen y vídeo recibido a través de WhatsApp tan útil para la vida. Solo son datos volátiles, nada más.

Me he acordado de aquel programa de Jordi Évole en el que se hablaba de la adicción al teléfono móvil y a estar conectado constantemente. ¿La vida «real» ha perdido valor?¿Somos el móvil que tenemos y la «vida virtual» que construimos con él y las redes sociales? Yo solo sé que he estado apunto de saltar a la vía, sin preguntarme si luego podría volver a subir, y todo por un aparato electrónico totalmente reemplazable. Me he sentido como los yonkis que hacen lo que sea por su dosis. Este es el mundo que estamos construyendo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.